Indocumentados decidieron quedarse durante huracán Gustav
Por: AgenciasMuchos inmigrantes ilegales decidieron no evacuar la ciudad ante la amenaza de Gustav debido al temor de ser arrestados.
Fuente: AP
Martes 2 de septiembre de 2008. Nueva Orleáns, Luisiana. ESTADOS UNIDOS. Muchos inmigrantes ilegales que han estado reconstruyendo Nueva Orleáns desde que la azotó el huracán Katrina decidieron no evacuar la ciudad ante la amenaza de Gustav debido al temor de ser arrestados.

“Sabemos que murió gente durante Katrina, pero no teníamos otra opción más que quedarnos aquí”, comentó Carlos Mendoza, un inmigrante ilegal de 21 años de Honduras que se quedó con otras siete personas a ver pasar la tormenta. Se refugiaron en un apartamento cercano a una esquina donde se congregan jornaleros.
“Muchos se quedaron debido al temor”, señaló Mendoza. “Yo diría que al menos el 50% de nosotros”.
Las autoridades ofrecieron desalojar a los residentes en autobuses y trenes, y prometieron no perseguir a inmigrantes ilegales. Pero el temor de ser arrestados o deportados hizo que Mendoza y todos los indocumentados que conoce rechazaran aceptar el viaje gratuito.
Grupos defensores de los derechos de los inmigrantes calculan que en la ciudad hay aproximadamente 30.000 indocumentados; nadie sabe cuántos decidieron quedarse durante el paso de Gustav.

La población hispana de Nueva Orleáns es pequeña comparada con otras ciudades estadounidenses importantes, pero era prácticamente inexistente hasta que Katrina destruyó gran parte de la ciudad.
La bonanza de la reconstrucción atrajo a miles de inmigrantes ilegales, mayormente hombres de México y Centroamérica que trabajaban como jornaleros.
Los empleos no son tan abundantes como lo fueron inmediatamente después del azote de Katrina. Y aunque el trabajo era fácil de encontrar, el salario no siempre era suficiente como para que los inmigrantes pudieran adquirir un automóvil y tener los ahorros suficientes para huir de una tormenta por cuenta propia.

Además, las medidas de fuerza del gobierno contra los inmigrantes ilegales han hecho que los jornaleros se sientan nerviosos en cuanto a viajar.
“Moverse se ha vuelto muy difícil para los trabajadores indocumentados”, dijo Pablo Alvarado, director del grupo National Day Labor Organizing Network (Red Nacional Organizadora de Jornaleros).
La ciudad tomó algunas medidas para facilitarlo: se distribuyeron avisos de evacuación en español, y el número telefónico 311 de ayuda de la ciudad tenía operadores que hablaban español.
“Cada acción que tomamos en inglés, tratamos de hacerla también en español”, dijo James Ross, vocero de la ciudad.

Pero los mensajes no lograron convencer a comunidades hispanas cautelosas que han padecido un incremento en las redadas de inmigración en años recientes, señaló Jacinta González, una organizadora de jornaleros del Centro de Trabajadores de Nueva Orleáns por la Justicia Racial.
Sumándose a las dificultades, agregó González, estuvieron los problemas con el servicio 311. Varios jornaleros se quejaron de que los hicieron esperar más de 30 minutos antes de que los comunicaran con un operador que hablara español.
Y cuando los inmigrantes ilegales se dieron cuenta que se les pediría que se registraran para ser desalojados, la situación se tornó incluso más inaceptable, dijo González.
Parte del plan de evacuación incluía dar a los desalojados muñequeras con información de identificación que podía ser ingresada a un banco de datos computarizado para rastrear dónde estaba la persona.
“El gobierno no di a la gente certeza de que serían regresados Nueva Orleáns” y que no serían deportados, apuntó González. “Enviar simplemente comunicados de prensa el día previo a la evacuación no va a funcionar”, agregó.

En el barrio Central City, lugar de residencia de muchos hispanos, algunos que se quedaron podían ser vistos atisbando por sus ventanas mientras pasaban patrullas para vigilar el cumplimiento de un toque de queda. Varios se negaron a ser entrevistados o no abrieron su puerta.
“Les dije a todos que se fueran”, comentó Raymond Francois, residente que regresó a su casa el martes y quien estaba tocando las puertas de vecinos hispanos que se quedaron. “Pero me dijeron que no podían; estaban preocupados porque no tenían documentos”, dijo.
Santiago Gradiz, un inmigrante ilegal hondureño de 61 años, fue llevado a Houston junto con otras personas en su misma situación. Ellos salieron el sábado para evitar cualquier punto de revisión.
El y otros 10 viven en un apartamento de una recámara, y no piensan regresar a Nueva Orleáns hasta que terminen las tareas de limpieza y ya no estén en las calles los soldados y policías adcionales que fueron emplazados.
Además del peligro de la tormenta, señaló Gradiz, él temía que al quedarse también pudiera ser deportado ya la policía podría detectarlo con mayor facilidad.

“Por suerte tenía algo de dinero del día anterior, cuando trabajé moviendo muebles, y pude ayudar a pagar el costo del viaje”, agregó.
José Gordillo, de 50 años, nunca consideró siquiera tratar de irse. El ciudadano mexicano y sus dos hijos adultos, los tres inmigrantes ilegales, decidieron quedarse en la casa que rentan.
“Hacía algunas semanas que no teníamos trabajo, así que no teníamos dinero para salir”, comentó Gordillo. “Me dio un poco de pánico durante la tormenta, pero con la ayuda de Dios lo logramos”, apuntó.
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